Graduados en 1974 por la Universidad de Buenos Aires, Jorge Hampton (1945) y Emilio Rivoira (1948) abrieron su estudio una década mas tarde, en 1984, al cabo de nutridas experiencias que incluyeron la participación en grandes firmas de arquitectura, locales y extranjeras; en trabajos de planeamiento de orden internacional; y en actividades docentes. Dos definiciones de ellos introducen su obra. Hampton y Rivoira ven en el diseño un vehículo cultural para mejorar el entorno construido, y en el proyecto, una colección de informaciones sensibles. Por último, ambos se reconocen como profesionales de un proceso, no de un estilo. La negación del estilo es, por cierto, historicista: ya señalaba el conde de Buffon, en el siglo XVIII, que el estilo es el hombre. Y en las obras de Hampton y Rivoira está presente, ante todo, su humanidad. Una humanidad urbana, que traducen (o, si se quiere, translucen) en sus variadas realizaciones o iniciativas, desde la íntima de Costa Rica y Gurruchaga hasta el vasto edificio de oficinas de Avenida Dávila y Viamonte, en el que son asociados locales del conocido estudio norteamericano Kohn, Pedersen, Fox. Nos hemos referido a la humanidad urbana. Y no es una redundancia: la arquitectura a menudo se desprende de ese objetivo esencial que constituye, al mismo tiempo, su punto de partida (su origen). Cuando Hampton y Rivoira denominan vehículo cultural al diseño arquitectónico, aluden a la creación y también lo creado. Pero establecen un correlato insoslayable entre ambos términos: de ahí que se sientan profesionales de un proceso: es el que los conduce desde el tablero al edificio, de la creación a lo creado, previo paso por el proyecto, que es el que moviliza el transito, al ser el depositario y difusor de las informaciones sensibles. Por eso no hay diferencia, salvo las lógicas de formato y tipología, entre sus diferentes tipologías. Las remodelaciones de Palermo Viejo y de Puerto Madero; las iniciativas de Punta Carrasco, para el Banco de Boston y oficinas empresarias, se atienden a la misma concepción de la arquitectura como medio para albergar a hombres carne y hueso, no a simples número de una lista. Si en Palermo Viejo (Bar El Taller, Casa Rivoira, Casa de Costa Rica y Gurruchaga, Casa Hampton, sede del estudio en Pasaje Soria 5020) se propusieron rescatar el barrio característico desde una arquitectu-

 

ideas y opiniones

ideas and opinions

hampton/rivoira:
la humanidad urbana

Jorge Glusberg. 1995.
ra de situación, que no copia sino continúa, que no repite sino interpreta, en obras tan disímiles como Pun-ta Carrasco y las sucursales de los Bancos de Banesto/Banco Shaw, la perspectiva es también la inmediatez tomada como factor de acercamiento, pero además, como causa de inserción en el sistema urbano. Las intervenciones de Hampton / Rivoira atañen, pues, al contexto, que sin embargo, no es un territorio aislado ni espacio neutral sino la parte (diversa) de un todo (plural). Así, el juego exterior que se da en Punta Carrasco equivale al interior en las sucursales del Banesto/Shaw, la perspectiva es también la inmediatez tomada como factor de acercamiento pero, además, como causa de inserción en el sistema urbano. Las intervenciones de Hampton y Rivoira atañen, pues, al contexto, que sin embargo, no es un territorio aislado ni un espacio netral sino la parte (diversa) de un todo (plural). Así, el juego exterior que se da en Punta Carrasco equivale al interior en las sucursales del Banesto/Shaw, como es visible para quien observe los planos de ambas obras. Las dos extienden la ciudad: una lo hace por fuera y las otras por dentro. En aquel caso, la arquitectura adopta el sitio; en este, es el sitio el que adopta la arquitectura. Una combinación de los dos procedimientos se advierte en los reciclajes del ex Galpón 1 del Dique 1 del antiguo Puerto Madero, destinado a centro de exposiciones y ventas, y en la Banquina Oeste del mismo Puerto Madero, convertida en paseo público. En la primer obra fue determinante del partido el corte del edificio debido a la traza de la autopista Buenos Aires/La Plata; en la segunda obra, buscaron enfatizar el carácter portuario del lugar y, a la vez, patentizar la ciudad, a la que en definitiva, se ha incorporado el Antiguo Puerto Madero. El arte debe ocultar al artista, decía el poeta latino. Hampton y Rivoira no se ocultan, pero tampoco quieren sobresalir por encima de sus obras. Al contrario, buscan que sus diseños valgan por sí solos como elementos naturales. En eso reside su arte, que se integra al de los buenos hacedores de nuestra arquitectura contemporánea: esta exposición lo demuestra.